Fugitivo

Un hombre con las manos atadas a la espalda estaba sentado en una silla. No tenía buen aspecto. Su ropa llevaba tiempo hecha jirones y estaba cubierta de sangre, polvo y sudor. Cabello largo y grasiento, barro en la cara, un moretón debajo del ojo. Por encima de todo se asemejaba a una muñeca — rota, retorcida y abandonada. El único detalle que no encajaba en la imagen de un vagabundo de Wasteland, eran los ojos. Cuando levantaba su cabeza durante una conversación, retrocedías involuntariamente — en el fondo de sus ojos oscuros, casi negros, había terror ciego y… ¿locura?

Rupert suspiró profundamente. Nunca se le ha dado bien llevar a cabo un interrogatorio. Su posición oficial como sheriff del asentamiento (¿y de dónde salió este título?) le obligó  a organizar un sistema de autodefensa y respuesta a emergencias, no a dirigir investigaciones. Sabía que en el viejo mundo, antes del Crossout, esto lo llevaban a cabo personas entrenadas especialmente para ello, que habían estado aprendiendo durante años cómo “extraer” a la gente la información necesaria. Por desgracia, no había nadie con tales habilidades en su asentamiento, por lo que Rupert también tenía que hacer eso. 

— Entonces, vamos a empezar con preguntas simples. Otra vez. ¿Nombre?
El prisionero lo observó con desprecio y se estremeció. 
— ¿Por qué me detuviste? ¿Qué te he hecho? Necesito... realmente necesito irme. ¿Lo entiendes? ¡Marcharme ahora mismo! ¡Irme muy lejos!  — se apreciaba histeria en la voz del vagabundo. 

Rupert sintió pena. Este desgraciado salió del asentamiento vecino que se encuentra al oeste, a cinco días de viaje. El vagabundo intentó huir, pero apenas podía arrastrar los pies debido al agotamiento. Cuando la patrulla móvil se dirigió hacia él, se refugió en las colinas cercanas a la carretera, pero tropezó y cayó en el polvo. Los muchachos dijeron que cuando lo estaban subiendo al transporte, el vagabundo gimoteaba y gritaba pidiendo que “no le hicieran esto” o “simplemente lo mataran”. Rupert habría entendido perfectamente que los patrulleros simplemente hubieran dejado ir a este loco bastardo. ¿Quién sabe cuántos psicópatas están vagando por el mundo? Pero el tema era que no había habido noticias del asentamiento vecino desde hacía una semana. Ni un solo coche, ni una sola persona. No es que hubiera una bulliciosa ruta comercial entre los asentamientos. Para nada. Pero la ausencia total de alguien les sugería ciertos pensamientos. Rupert esperaba que el vagabundo les contara al menos alguna noticia, que les diera al menos una pista con la que aclarar la situación. Pero la realidad, como sucede en el nuevo mundo, resultó no estar de acuerdo con las expectativas y deseos de los demás.  

El vagabundo pasó las primeras horas escondido en una esquina de un contenedor oxidado, que se usaba en el asentamiento como celda de una prisión para los más violentos. Solo permaneció sentado y temblando como una hoja al viento. Como si estuviera esperando algo. Entonces, aparentemente se sintió seguro de que no le iban hacer nada terrible y se relajó. Pero cada intento de hablar con él terminaba igual: “Tengo que irme, déjame ir”. Y Rupert empezó a cansarse de esto. Al fin y al cabo, él solo es el sheriff de un pequeño asentamiento, no alguna especie de renombrado interrogador.  

— De vuelta a la primera casilla entonces, — dijo Rupert pensativo. No sabía cómo hacer hablar al vagabundo. De repente una idea se le pasó por la cabeza. — Esto es lo que vamos a hacer. Si no respondes mis preguntas y me cuentas que viste en ese asentamiento, no irás a ningún lado. Nunca. Te meteremos en una jaula, y permanecerás allí sentado hasta que el viejo mundo resurja de las cenizas.

Tras esto, el vagabundo casi estuvo a punto de caerse de su silla. Empezó a temblar de nuevo, apresuradamente miró a su alrededor, intentó levantarse, pero olvidó que sus manos estaban atadas a la silla con bridas de plástico. La locura en sus ojos alcanzó una escala verdaderamente global, y luego el vagabundo habló. 

— ¿Quieres saberlo? Bien, te lo diré, te lo diré.
— Entonces, ¿tu nombre?...
— ¡Al infierno con mi nombre! Escucha, sheriff, escucha. Vinieron a por tus vecinos. Los recolectores.
— Los recolectores, vale. ¿Y qué es lo que recolectan?
— Gente. Llegaron por la noche. Rodearon el asentamiento. Aquellos que intentaron resistir fueron asesinados en el acto. Y luego empezaron a arrastrar a la gente a sus camiones. Cuando terminaron, cada persona se convirtió… ¡No quedaba nada de ellos! ¡Eran una cáscara, un muñeco, un caparazón! Se movía, caminaba, respiraba, comía, pero no quedaba nada de la persona en esa cáscara, ¡¿lo entiendes?! ¡Todos, absolutamente todos tus vecinos ahora son solo muñecos sin cerebro! ¡Se los llevaron a todos!
Rupert empezó a aburrirse más y más con cada palabra y se dio cuenta de que este tipo estaba loco.
— Sí, claro. Así que los recolectores se llevaron a todos y… los convirtieron en muñecos, ¿no?
— ¡Así es!
— ¿Y cómo te las arreglaste para escapar?
El prisionero se fue encorvando sobre la silla hasta donde le dejaron las bridas de plástico. 
— Soy un cobarde. Salí corriendo. Me escondí cuando llegaron a mi casa. Les escuché llevarse a mi mujer e hija, las escuché gritar. ¡Y luego las ví! ¡Las vi como te veo a tí ahora! No me reconocían, no me escuchaban, como si fuera un espacio vacío, como si no existiera. ¡Deambulaban como animales estúpidos, sin una sola emoción en sus rostros! ¡Les grité, las llamé!
— ¿Y qué pasó después?
— Después de que los recolectores procesaron a todos a través de sus camiones, es como si la gente hubiera dejado de existir para ellos. Simplemente se olvidaron de ellos... Estas cáscaras, en las que convirtieron a la gente, se quedaron en el sitio, absortos. Entonces… Entonces algo ocurrió, no lo llegué a ver. Alguien accidentalmente golpeó a alguien, la gente empezó a gritar. Se desató una pelea, una pelea a gran escala. Se lanzaron unos contra otros, había espuma en sus bocas, se desgarraron en pedazos unos a otros…
Rupert suspiró. Todo esto empezaba a sonar cada vez más como un cuento fantástico.
— ¿Y cuánto duró?
En ese momento el prisionero pegó un brinco con tanta fuerza que las patas metálicas de la silla, atornilladas al piso, se rompieron. El vagabundo estuvo cerca de golpear a Rupert en el estómago con su cabeza, pero el sheriff logró esquivarlo, y el lunático se desplomó en el suelo, desde donde siguió gritando:
— ¡Hasta que la mayoría de ellos murieron! ¡Aquellos que lograron sobrevivir huyeron, chillando como engranajes oxidados! ¡Se estaban riendo y llorando al mismo tiempo!

El sheriff observó con temor el rostro retorcido del prisionero, veía como con cada grito salían volando gotas de saliva de su boca. “El vagabundo se ha vuelto completamente loco. Solo un poco más y de su boca comenzará a salir espuma” — fue su último pensamiento. Rupert llamó a los guardias, y el prisionero fue arrastrado a dentro de su contenedor-celda. El asistente del sheriff entró en la celda.
— Bueno, ¿habló?
El jefe de las fuerzas de autodefensa del asentamiento escupió irritado.
— Maldito psicópata. Habló acerca de unos recolectores que roban mentes y almas… Un sin sentido, vaya. Pero no nos han llegado noticias de los vecinos desde hace una semana. Así que prepara para mañana un par de vehículos. Vamos a ir a echar un vistazo.
El asistente asintió.

***

Estaba siendo una noche de mucho viento. La arena era arrastrada por el aire caliente, susurrando a lo largo de las colinas que rodeaban el asentamiento. Los centinelas que se encontraban en los muros de piedra mellados solo podían maldecir su destino, que los llevó a estar precisamente en este turno.

Los vehículos llegaron por el oeste casi en silencio. Camiones voluminosos que podían ocultar cualquier cosa en su interior. Eran inusuales, raros, diferentes de la mayoría de máquinas que se pueden encontrar por Wasteland: una forma diferente, los contornos del cuerpo. Como si no hubieran sido construidos por humanos… o no muy humanos. Tenían algo completamente extraño en comparación con los vehículos comunes del nuevo mundo.

Los centinelas ni siquiera supieron que les había golpeado. Disparos casi silenciosos, gemidos ahogados, y no quedó nadie en los muros que pudiera dar la alarma. Los camiones de los recolectores se acercaban. 

En una jaula de un viejo contenedor marítimo, el vagabundo se apresuraba. Se las arregló para robar un trozo de alambre durante el interrogatorio, y ahora estaba intentando forzar la cerradura de manera frenética con una ganzúa improvisada. Podía sentirlo — los recolectores estaban cerca. Están llegando. Ya casi están aquí. Así que tenía que huir. Rápido y silencioso, como la última vez. Este asentamiento los retrasará por un tiempo. Por la mañana, todo el mundo se habrá convertido en cáscaras. Y él iba a estar muy lejos de aquí.

La cerradura hizo clic y la jaula se abrió. Las puertas del asentamiento cayeron debido al impacto de los camiones de los recolectores. El vagabundo echó una ojeada hacía el ruido y se fue rápidamente.


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25 octubre 2018
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